Rememorando a mi padre es que escribo hoy. Lo echo de menos. Es que ya va a ser un año desde que nos vimos por última vez. El: Australia. Yo, por aqui mismo, con la primavera en los días, con la energía de esta ciudad maravillosa.
Y el otro día, temprano, enciendo el ordenador, y lo veo "conectado". Mi padre se conecta. Es de esos. Y antes de empezar mi jornada laboral, me da un saludo de esos que se echan de menos, como para sentir que nos hemos visto ayer, y que el tiempo no borra de nuestras memorias la historia que nos une, incluso la genética.
He de reconocer que siempre pensé que me parecía a él... demasiado. Pero después del viaje a Chile, después de ver a mi madre, me dí cuenta de que no me parezco a ninguno y a los dos a la vez. Raro. Supongo que todos somos lo mismo: como dicen los catalanes, somos un "barrejat" de libros de ADN, que nos dejan con identidad propia.
Me di cuenta de que no hay cargas genéticas, ni históricas con ninguno de los dos. Ya somos distintos: claramente desiguales. Y todos me identifican como hija de mis padres. Y ahora, cada día, cuando me miro al espejo y no veo a ninguno de ellos, sino a mi, me siento cómoda, feliz con los resultados.
La vida te va esculpiendo a base de cagadas y desatinos. Estoy en un momento tranquilo, feliz, apacible, lleno de jolgorio, un momento que me ha dejado de pie frente a lo de adelante y lo de atrás, con distancias pertinentes, con tristezas cauterizadas y con el fervor de un amor que se me antoja eterno, bullanguero, maduro y con carcajadas de niño, de esas contagiosas que, aunque no sepas el motivo, se te pegan en la boca, te dibujan los labios y te alivian de la rutina de saber que todo es finito, que nos cargamos el mundo, que los viejos no se mueren, que los niños no nos sobreviven, que él le pega a ella, que falta dinero para el viaje o para llenar la olla. De esas carcajadas contagiosas parece haber renacido mi carácter, en algún tiempo malazo, fruto de la desdicha, del mal ojo, y de mis propios desperfectos.
Y Él, con sus luces diáfanas y sombras largas, con su paraguas, ese tan feo, me ayudó a redescubrir lo que tenía escrito en el cuerpo, en cada célula: el gozo por la vida, el gusto por los placeres y el afán de nuevos proyectos y aventuras, sin desconsuelo por no lograrlos, ni agobio por perderlos. Sólo vivir la vida como venga, luchando -sin espadas- por conseguir algo más.
Si hubiese la posibilidad de poder saber cuál es la cima de nuestra existencia, posiblemente creo que sería esta. El tiempo lo iba a decir, y ahora me habla a menudo, sin susurros, sino con voz clara, como si de un diálogo permanente con la felicidad se tratara.
Casada y sin novedad. Con tiempo, pero todo ocupado. Con trabajo, con viajes, con libertad. Casada y sin novedad. Mi familia me ha aceptado y viceversa. Casada y sin novedad. Y me dicen señora y ya no me enojo, y me preguntan por él y yo respondo. ¿qué quieren saber sobre la felicidad?



